miércoles, 30 de noviembre de 2016

Eternas



No sabemos qué hacer con esta vida, y aún así suspiramos por otras que sean eternas.
Anatole France

jueves, 24 de noviembre de 2016

Clemencia



Os he visto. Sé quiénes sois.

Observáis escaparates, conducís por la derecha,
respetáis los pasos de cebra.

Las tradiciones, el turno, las colas.

Acudís a la cita con el dentista,
pasáis la ITV cuando toca,
y si hay que renovar las ruedas
cada cuarenta o cincuenta mil kilómetros,
se renuevan.

Aproximadamente.

Sé que amáis a vuestros hijos,
a vuestros maridos y mujeres
y acompañásteis, o lo haréis en su momento,
a vuestros padres en el camino hacia la muerte.

Hacéis listas de la compra,
pero os dais algún capricho,
y, cuando toca hacer dieta,
se hace.

Votáis siempre.

Avisáis con antelación,
respetáis los contratos.
Volvéis atrás para comprobar
que están apagados el gas y las luces.

Hace meses que tenéis las vacaciones planeadas.
Reservado el hotel y los billetes,
apalabrado un chófer.

Cerradas las ventanas, bajadas las persianas
(aunque no del todo) y bien echada la llave.

Tres. Cuatro vueltas.

La mejor ruta posible. Una batería de reserva.

Un vecino regará las flores,
alguien se ocupará del perro.
Se acumulará, es cierto, algo de polvo,
pero, salvo por eso,
todo estará perfecto a vuestra vuelta.

Os he visto. Sé quiénes sois
y solo quiero deciros que vosotros,
vosotros también,
suplicaréis clemencia.


Víctor Martín Iglesias: Suplicaréis clemencia
Ediciones de la Isla de Siltolá (2015)

Clemencia: s. f. Moderación compasiva en la aplicación de la justicia.

 

viernes, 18 de noviembre de 2016

La carne




He acabado de leer la novela La carne (Editorial Alfaguara, 2016), de la escritora Rosa Montero. 


Casi desde el principio se me ha puesto un nudo en la garganta. La protagonista tiene un nombre que hace honor a su situación emocional: Soledad. No voy a destripar aquí el argumento, que además te lleva de salto en salto de la emoción a la rabia o a la ternura. Miedo me daba leer el final de la novela, tuve que cerrar el libro unos minutos porque el corazón se me escapaba por la boca.  Pero me he identificado tanto con la protagonista con la que, sin embargo, no comparto edad, que me he puesto a reflexionar sobre mis decisiones emocionales, porque me veo dentro de un tiempo compartiendo con Soledad la idea de que nunca me han amado como yo quería ser amada.

A Soledad no le atraen los hombres de su edad, a los que ve en declive y decadencia. No es por mal, es que no le provocan ninguna lujuria. A veces pasa, uno queda anclado en el deseo primero, en el deseo hormonal, en el deseo de la pura belleza. Y cuando hablo de belleza  no quiero decir que sólo se desee a lo Hermoso con mayúscula, pero sí que tiene que existir una fuerte atracción. Y existen personas amarradas a la atracción de la juventud. Siempre se les ha pedido a las mujeres que transijan, que perdonen, que disculpen la falta de atractivo del varón. Señorones barrigones con jovencitas tersas, a nadie le preocupa que ella acaricie esos vientres abultados o pieles ajadas, caídas. Al revés, sin embargo, no sólo no se comprende sino que no se tolera. Una mujer mayor con un hombre joven, ¿cómo? ¿por qué? Pues pasa, claro que pasa. Soledad desea carne joven mientras la suya responda al estímulo. Soledad no quiere transigir, resignarse a no poder optar a la carne tersa, a la potencia plena, al deseo desenfrenado, sin dudas. Lo que empieza a inquietarle es que también aspira al amor. Bueno, quizás siempre huyó de lo que anhelaba, porque amar implica también sufrir. Amar comporta preocupaciones, disgustos, impotencia por no poder evitar el dolor al ser amado. Y la época de juventud y amor se está evaporando, se esfuma. Le gustaría poder desear y compartir vida con alguno de aquellos hombres tranquilos que la requiebran, pero no le dicen nada, no activan su deseo, la dejan fría.



Su necesidad de deseo va a la par de su necesidad de amar, de darlo todo, de volcar en otro la pasión y la ternura que sabe que tiene dentro. Pero no encuentra a su igual. Y por eso se vuelca en el deseo, que está más a su alcance. Hasta ahora. Porque se ha hecho mayor. Mayor, mayor. Y los jóvenes que ella desea ya no la miran como antes. ¿En qué momento cruzó la frontera? La protagonista de la novela ha rebasado una barrera terrible para una mujer, una edad ya tardía para comenzar nada. Pero podría suceder diez años antes, o quince. Cada persona tiene una barrera psicológica con la edad, una fecha que teme traspasar. Los hombres también, por supuesto, pero para ellos siempre ha sido más fácil. Y carne joven pueden disfrutar si al menos poseen don de gentes, o dinero, o poder. Porque sí, hay mujeres que se dejan seducir por esas cualidades si no surge el deseo. Y además cuentan con la medicina, que para ellos sí busca soluciones al declive sexual. Soledad no, ella no. Ella no necesita que le saquen las castañas del fuego, quizá sí que la cuiden, que la protejan, pero en el sentido más puro de los términos: cuidar, dar amor, mirar por uno, preocuparse, proteger deseando el bien, no el control.

La carne se muere, se muere mucho antes que el espíritu. Es terrible aceptar que tu cabeza se siente igual que antes, vital, llena de esperanzas, joven (o tú lo crees, así te sientes), y la carcasa no acompaña. La mayoría de las persona se adapta. Pero algunas personas no. Y a esas personas se les marca. No se les acepta.

Y el ridículo. ¡Qué espanto caer en el ridículo, el patetismo de querer aparentar esa juventud que se nos escapa! Soledad teme al ridículo, conoce las convenciones sociales; sabe del ridículo de muchos escritores malditos. Y de mujeres que se han destruido sucumbiendo  a la pasión. No voy a contar el final de la historia de Soledad.



Sólo sé que aquí estoy, preguntándome si no me han amado lo suficiente,  o si yo no he amado trasmitiendo seguridad, si veían en mí la deriva de la incertidumbre. Aquí estoy preguntándome si ésta será la última vez que tenga un cuerpo glorioso que acariciar, si será la última vez que tenga un hombre joven entre mis brazos, si ya no habrá nunca más. Sólo sé que mi carne pide su tributo y es en carnes que ya no puedo reclamar. Como Soledad, no me sé resignar, no puedo.  No quiero.

Me pregunto, amigos,  cuándo se pierde la esperanza, cuándo.

Uol

viernes, 11 de noviembre de 2016

Rehenes




Hay personas que cuando les dices lo que sientes por ellas se creen que eres su rehén.
Uol

domingo, 6 de noviembre de 2016

La esperanza

Baobabs

La esperanza se cuela por la más pequeña rendija y yo quiero anegarla, agostarla, matarla de raíz antes de que se agarre con el ansia de los náufragos y desahuciados a este mi corazón proclive a alimentar causas perdidas e ilusiones vanas. 

La esperanza  siempre encuentra tierra fértil  en mí a pesar  de que clausuro puertas y ventanas. Se cuela por la chimenea, por debajo de las puertas. Llega a mi fecundo corazón  y germina con traidora fuerza a mis espaldas.

La esperanza ansía hacer brotar un árbol de la vida en el centro de mi pecho, pero yo sé que las raíces de ese gigantesco baobab lo que harán será reventar mi corazón como el movimiento peristáltico enloquecido de unas retorcidas serpientes aprisionadas en una caja. 

Uol
Música: Love is Here by Des'ree, de su álbum I Ain't Movin' (1994)

lunes, 31 de octubre de 2016

Derecho a roce

Derecho a roce

Si algún día perdiese el privilegio
de ocupar el rincón de tus sueños
y el aliento escondido de tu cuerpo,
si me relegas al papel de amigo
querría que aceptaras unos puntos
para dulcificar ese despido
a modo de indemnización amable.
Si me defenestraras como amante
quisiera conservar ciertos derechos
sin yugos ni cadenas, sin argollas,
como el de, por ejemplo,
quedar para una charla
sin entrar a violar intimidades.
Alguna noche tibia, en primavera,
podríamos cenar e irnos de copas,
echar un bailecito, como amigos,
y cogernos las manos fríamente
sólo por exigencias de la música.
O cogernos las manos, si se tercia,
al cerrar nuestro encuentro, cerca el alba,
con un abrazo ciego, en homenaje
a la pasión perdida.
Ya sabes que tendrías un apoyo
y que te ofreceré encantado el hombro
si algún día te vieras deprimida
para que llores cuanto te parezca.
Sería deseable, con tu venia,
en cada despedida, como amigos,
acoplar nuestros labios un momento
sin prisa y, por supuesto, sin deseo.
Si algún día te aburres
podríamos subir una montaña,
ir al cine, al teatro,
hacer manitas, siempre como amigos,
palparnos las caderas como ahora,
chuparnos las orejas,
y yo despertaría
la rosa titilante entre tus muslos
con besos en tus párpados mojados.
Aunque vivas tu vida
y nuestros mundos sean muy distintos,
cualquier día futuro, si quisieras
con la misma ternura y entusiasmo
con que ahora como amante te penetro
cuesta tanto alcanzar la confianza
entre dos corazones
podría penetrarte, como amigo.


Román Piña: Café con amazonas. 2002